0.1.Tres hombres y un destino.2018-12-04T12:32:13+00:00

0.1. Tres hombres y un destino
El alto, el calvo y el bueno son hermanos y suelen sentarse alrededor de una mesa negra de baquelita con borde metálico en el salón del hotel. Cuando hace mucho calor sacan la mesa a la fresca como es costumbre popular. Estamos en 1975 y el país está que hierve. Todo cambiará a finales de año, para que nada cambie. Hasta hoy.
Las sillas son negras de escay negro. Con más o menos variaciones llevan puesto niqui y pantalones de tergal oscuros. Están muy morenos y pasan la tarde discutiendo cosas del tipo yo en 4 horas me planto en Madrid, eso es imposible, pues yo… muchas frases quedan sin acabar pero no importa.
La conversación se va complicando a medida que se incorporan vecinos o clientes a tomar el café. Toman mucho café. Están como en casa en la calle lateral del hotel, donde corre la brisa y no da un sol que achicharra.
Los niños jugamos a rompernos las rodillas. Yo siempre las llevo sangrando y tengo una prima especialista en abrirse grandes brechas sangrantes. En una ocasión se hizo tal chichón en la cabeza que entramos en la cocina y birlamos un filete para aliviarle el dolor. Eso hacían Zipi y Zape y nosotros no íbamos a ser menos.
La cocina es un paraíso de recursos. La nevera es un cuarto refrigerado y entrar en ella es como acceder al interior de la lámpara maravillosa: flanes de huevo, fruta, helado de barra de 3 colores, quesos, botes de foigras gigantescos, todo por decenas.
De la cocina lo usamos todo. Nos perdemos en el mundo de los fogones de tamaños adecuados para cocinarnos incluso a nosotros.
Todo está fuera de escala para las personas bajitas que somos. Inventamos colacaos con agua y chocolate y cuando no nos ven tomamos Coca-cola. Fue mi primera adicción. Acabaron con ella mis padres cuando en plan didáctico la echaron sobre un trozo de carne y vimos el resultado.
Las barras de madera, muy de carpintería (en algo se debía notar la procedencia de los dueños), nos llegan por la nariz así que tenemos que hacer un esfuerzo para cortar cualquier cosa que necesitemos. Es la libertad absoluta. Saber que después de comer y una vez limpia y lista para el turno de la cena, es completamente nuestra. Nadie nos vigila y somos los dueños absolutos de este edén metálico de cacerolas. Todavía no entiendo como es que nunca salimos de allí heridos, porque cuchillos como armas los había por todas partes.
Recordándolo diría que el cuerpo principal mide unos 18 metros de largo por 5 de ancho. Además tiene una enorme despensa, una zona donde come el personal y donde en navidad hacemos los pastissos de boniato. Y desde la cocina, una escalera antigua alrededor de la cual parece que se hubiera construido el hotel, lleva al sótano, nuestro club social, y a las plantas de habitaciones, por donde se mueven las mujeres de la limpieza.
Vamos en grupos de edades, desde los 5 hasta los 15, yo seré la más pequeña hasta que nazca mi primo Manolo que cerrará el círculo. El primo mayor se llama igual. También tenemos varias Rosarios. De los vecinos no recuerdo los nombres pero sí las familias. Los que veranean en el edificio de enfrente y son 3 hermanos altísimos y una hermana. Los que son uno y una y habitan el tercero. De los clientes recuerdo a Stephanie que fue con la que inicié mi pasión por la correspondencia y con la que hacía mis pinitos de francés y Eduardo del que estuve enamorada y del que conservo una preciosa piedra que pintó con corazones concéntricos y me regaló dentro de una bonita caja muy rosa. Apuntaba maneras.
Un día llega una familia de catalanes. Son 7 hermanos varones y van todos vestidos de blanco nuclear. Yo jamás he tenido una camiseta blanca de ese blanco. El impacto en nuestra familia, en la que abundan las mujeres, es brutal. Tenemos uno para cada una. Nos repartimos enseguida el clan. A mi me toca Javier, si no recuerdo mal. Morenito, con pecas, melenita. Todo un latin lover, pero no llegaremos a nada.
Cuando no estamos en la cocina, vamos al puerto o a la playa y como es de cantos rodados y los tenemos a raudales, los usamos para todo. Jugamos a los chinos con las pequeñas, las grandes las pintamos y las vendemos en el mercadillo de los martes. Alguna que otra también la lanzamos a la cabeza de alguien que con un poco de suerte la esquiva. Creamos esculturas efímeras.
Lo del mercadillo de los martes es algo que creo que a todos los niños de mi generación nos ha dejado marcados.
Cuando acaba el mercadillo es tradición hacer un repaso a toda la calle para recoger todo lo que se ha perdido o abandonado por estar en estado lamentable. Tesoros de valor incalculable como perchas rotas, chapas, bolsos con taras, zapatos desparejados. Claro y después llega el invierno y mis vecinos traen a casa el Simón para jugar y me parece alta tecnología.
Y los tres hermanos sin piedad siguen mientras tanto su parloteo sin sentido, llegando incluso a veces, a serias disputas. Alrededor de la mesa, crece y decrece el número de sillas. Y cada vez que nos acercamos los tenemos que besar a todos. Somos una familia muy besucona. Besamos hasta a los clientes que se agachan para recibir nuestros besos agradecidos. Tres los belgas y los franceses. Los de aquí sólo uno si no hay mucha confianza y dos para padres y tíos. Diariamente podemos dar como 50 besos sin hacer esfuerzos.
La cosa es que se acerca la hora de la cena y empieza la actividad en el bar. Se levantan tranquilamente y se ponen a servir cervezas o sangrías que hacen con mucha fruta y una pinta de lo más deliciosa. El ambiente se caldea con el alcohol. Música de fondo no hay pero se oyen muchas risas.
Son momentos propicios para ganarse un dinerillo porque dicen que como tengo las manos pequeñas, nadie lava los vasos de tubo como yo. Me crezco en el taburete de raelite y me pongo a la faena.
¿En ese escenario cómo íbamos a saber que ganarse la vida iba a ser tan duro?
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