0.3. La terraza, ese espacio infinito al mar.2018-12-04T12:45:41+00:00

0.3. La terraza, ese espacio infinito frente al mar

La terraza del hotel era un campo de aviación por el que deslizarse, un bosque por el que trepar, una pista de patinaje y sobretodo, nuestra ventana a nuestra playa particular.
No había carretera que nos separase del mar, a penas un camino de tierra batida casi casi de propiedad privada pero no como las cosas privadas de ahora sino como las de antes, que por ser privadas, eran de todas.
Llegaría el día que asfaltarían la calle y con el asfalto se llevarían unos metros de terraza, pero nada que redujera nuestra sensación de enormidad. En esos días, mientras las y los adultos disfrutaban de sus sangrías, nosotras podíamos estar tranquilamente luchando entre la vida y la muerte en un mar revuelto a cuyos revolcones habíamos incluso puesto nombre.
Lo llamábamos la centrifugadora. Cuántas veces nos vimos envueltos en ese movimiento circular sin fin del que pensábamos que no lograríamos escapar para volver a respirar (¿Reconocéis esa sensación?).
Después de unos buenos tragos de agua salada, salíamos a la superficie de manera milagrosa, nos dábamos una ducha, nos acicalábamos y servíamos la comida deliciosa que Antonia, nuestra estupenda cocinera, preparaba. Como si no hubiera pasado nada.
Y nos vanagloriábamos de hablar tan bien el francés con nuestra agradecida clientela, que dispensábamos cháchara sin parar a quien demostrara un mínimo de interés en escucharnos.
Y si nos animaban lo suficiente, hasta éramos capaces de subirnos a una mesa y bailar flamenco, aunque no tuviésemos las más mínima idea de tan complicado arte. Removíamos las manos y nos reíamos al mismo ritmo que la gente que nos aplaudía.
No conocíamos la vergüenza ni el decoro, pero éramos amables, y la gente nos correspondía con la misma moneda. Y en el aire se respiraba una sensación de bienestar que nos hacía estar a tod@s joviales.
En ese ambiente nos hemos criado. Y por ese ambiente nos visitaba la misma gente año tras año, además de por el olor a mar y el rumor de las olas, por supuesto, cómo no iban a hacerlo.
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